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  La seguridad más frágil Nos ocupa cultivar la sensación de seguridad que trae consigo el sentirnos dueños de, por lo menos, una verdad, aunque ésta no tenga nada que ver con la realidad.  No nos importa si esta realidad fue construida a medida de nuestros gustos, necesidades, limitaciones, prejuicios, historia o, inclusive, talento artístico y no se ajusta a la realidad de los que nos rodean. Nos preocupa que sea nuestra y que garantice seguridad frente al Siempre Otro. Alterar nuestra realidad o peor aún, nuestras verdades nos parece un crimen aunque estuviéramos forzados por la supervivencia emocional o biológica, inclusive. Así de magníficamente frágiles somos cuando queremos. Pero no me hagas caso. Escribo esto desde mi realidad creyendo que abordo una gran verdad capaz de convertir en ladrillo una nube. 
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  Epitafio para una especie de felicidad   Tiempos que duelen   Aprender cómo funciona el proceso del duelo, desarrollar una actitud empática hacia el que lo está transitando y la paciencia en el propio, es un buen comienzo para enfrentar las pérdidas del presente y prepararnos para las etapas que vienen. Velocidad, belleza, felicidad, seguridad, estabilidad económica, salud, inmortalidad… Los valores a los que rendimos cultos se han visto cuestionados, amenazados y atacados por un enemigo invisible pero concreto y real: el Covid19. Las pérdidas que como individuos y como sociedad sufrimos desde comienzos del 2020 nos sumen en un duelo social sin precedentes, habida cuenta del tipo y nivel de relaciones que tenemos desde y con los dispositivos electrónicos. Duelos sociales ocurrieron siempre en tiempos de otras pandemias, epidemias, guerras, desastres naturales… Sin embargo, la globalización marca más profundamente el paso de la vida de las personas y su manera ...
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  Frente a la muerte sobran las palabras. Ante el misterio más grande, quizás mayor que el de la vida, no hay palabras para articular. La muerte es el reino del silencio. Porque la palabra construye y destruye, pero no mata. La palabra crea, no da muerte. La palabra vive. La palabra muere. La palabra da sentido. Pero frente a la muerte, no hay más sentido que el silencio. La palabra completa al silencio así como el silencio completa a la palabra. Pero quien completa a la muerte es el silencio. Porque la muerte es la palabra mayor. La que completa la vida. No hay analogías: la palabra no es la vida ni la muerte, así como el silencio no es una u otra cosa.   Todos sabemos todo. Unos pocos lo recuerdan. Muchos lo recreamos.   Frente a la muerte no alcanzan los silencios. Urge una palabra que aún no fue creada. Nos falta una palabra. La que sea digna de decirse ante la muerte. Una vez creada, ¿todos seremos dignos de decirla frente al gra...
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Algo sobre mí Hice los deberes. No sé, supongo. Tal vez los hice bien. O mal. No sé.  Algo hice. Escribí unas líneas para que los lectores no se sientan confundidos con mi lugar de residencia y mis ocupaciones. Les doy un poco de letra para cuando me entrevisten. ¿O los estoy confundiendo más? No sé. Ellos dirán. Ahora les toca a los lectores y a los periodistas (a los que les ruego que antes de preguntar, por lo menos echen una miradita a los libros). Quedo a disposición  si hace falta aclarar y/o ampliar algo o desarrollar otra cosa que merezca interés. Gracias por el respeto y el cariño de siempre, queridos lectores. Los escritos están en la página Sobre Ariel Puyelli
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El piche de Spíndola: una suerte de ensayo autobiográfico Podría hablar mucho sobre el texto: lo que dice, lo que sugiere y lo que quiere no decir. Pero no soy zorrino: no me inmiscuyo ("¡laaaa, tremenda palabrita!", diría ese personaje) en las artes lectoras de los otros. Que cada lector haga su camino, como el piche, como el zorrino, como Spíndola o como yo.  Como todos los que entran o quedan afuera de la gran casa de la Literatura, el Arte, la Cultura.
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  De zocotrocos, cosos y cositos Típico zocotroco dentro de una típica habitación zocotroquera de clase media. Ustedes me corregirán. Lo que me ocupa en esta ocasión son los zocotrocos tal y como yo los conozco y entiendo. Ya me dirán si consideran que estoy errado y es el hambre la que me hace escribir estas pavadas o algo de lo que afirmo aquí es real. Los zocotrocos son cositos que cumplieron doce años. Apenas soplan las velitas, se convierten en zocotrocos. Después, quizás diez o veinte años más tarde, se vuelven cosos.  Los zocotrocos –por lo menos el siglo pasado, cuando yo era uno– justo al soplar las doce velitas que se erguían bien ordenaditas sobre la torta de cumpleaños, parecía que también soplaban casi todas las palabras aprendidas. Se quedaban con unas pocas que más bien parecían sonidos guturales. Y se volvían muy tímidos y retraídos. Aparte de la edad, la diferencia entre un cosito y un zocotroco es que el cosito, desde que nace y hasta los doce años, es ...
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  Las páginas que faltan Hace un momento leí un mail de una lectora que me recordó algo que me recuerdan lectores y docentes todos los años varias veces al año: no hay información sobre mi vida en Internet. Tampoco la hay fuera de la virtualidad, salvo los retacitos de relatos, recuerdos o referencias que tienen algunos familiares, amigos y allegados en sus memorias. Y en su imaginación, claro. A algunos nos cuesta mucho escribir sobre nuestras vidas. Quizás por falsa modestia ("mi vida no ha sido tan interesante"), quizás por pereza (adhiero a este quizás) o porque no llegó el momento adecuado (también creo que ocurre esto conmigo porque me siento permanentemente en proceso de cambio y espero una especie de meseta temporal para mirar hacia atrás y relatar lo que veo y creo ver. También es cierto que entiendo que la autobiografía tiene fuertes poderes terapéuticos y vengo trabajando la palabra con mucha intensidad en esta dirección desde hace casi 8 años. No debo mezclar los ...